jueves, 18 de octubre de 2018

10 Frases de Carl Jung

1) El sueño es la pequeña puerta escondida en el más profundo y más íntimo santuario del alma.

2) No podemos cambiar nada sin antes comprender. La condena no libera, oprime.

3) Tu visión devendrá mas clara solamente cuando mires dentro de tu corazón... Aquel que mira afuera, sueña. Quién mira en su interior, despierta.

4)  Aún una vida feliz no es factible sin una medida de oscuridad, y la palabra felicidad perdería su sentido si no estuviera balanceada con la tristeza. Es mucho mejor tomar las cosas como vienen, con paciencia y ecuanimidad.

5) Conocer tu propia oscuridad es el mejor método para lidiar con las tinieblas de otras personas.

6) El zapato que le ajusta a un hombre le aprieta a otro; no hay receta para la vida que funcione en todos los casos.

7) El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman.

8) Si eres una persona con talento, no significa que ya hayas recibido algo. Quiere decir que puedes dar algo.

9) Donde existe el amor no hay deseo de poder, y donde predomina el poder el amor es escaso. Uno es la sombra del otro.

10) Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de la vida fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma.









domingo, 14 de octubre de 2018

A los ojos

Para un segundo , para, puede que tengas un día jodido, no te preocupes, solo dura veinticuatro horas y si le restas las que duermes son menos. Puede que tengas un problema de escala tres o escala nueve sobre diez. No importa hazme caso, date un capricho, bébete un vino o cómprate algo bonito, sí, en esta sociedad consumista de vez en cuando tampoco pasa nada por ser parte del problema; de hecho a veces es necesario. Sonríe a un desconocido por la calle, reparte besos sin motivos, sola o acompañada, mira al sol un momento aunque luego veas manchas un ratito, señal de que tus ojos funcionan. Cuando se te pase, céntrate en mirar y analizar. Y vas a empezar a descubrir que puede que la magia exista. Que putada lo de las miradas. Hay ojos que guardan historias que ni la Reserva Federal podrían custodiar mejor. Hay algunos que encierran tragicomedias de Oscar, los que te invitan a pasar con la puerta entreabierta y dentro no tienen ni techo, pero te da igual, porque ni aunque llueva a raudales te saldrías de ellos. Los hay que recuerdan a los siete mares, ya sea por el color o por la profundidad de quien mira. Están los que te gratinan, los que te dejan como el queso de una pizza, esos que no puedes dejar de mirar porque tienen algo hipnótico. Los que miran de reojo, como si un tornado te rozara y la piel se te pusiese como el cuero sin tratar. Y después de todos esos, y de muchos que me dejaré por el camino, después de todos los que se pueden clasificar, están los suyos.
Los que no sabes si observan, miran, contemplan o divisan. Los que hacen que cuando se quite la ropa en frente de tí, no puedas parar de mirarlos. Los que asustan y estremecen, los llenos de incertidumbres porque los ves a través de fotos, los que guardan psicodelia, serenidad y nervio. Los que prometen sin pestañear, esos en los que cogió a Dios inspirado para pelfilarlos de un soplo. Ella los tiene, lo he visto, sabe que no tiene que impresionar a nadie porque la vida ya se impresiona por su forma de ver las cosas. Aquellos que dices, ``no voy a meterme en su perfil nunca más´´ y sin darte cuenta, tu pulgar se muere por darle a ``me gusta´´ en cualquier red social; los que hacen que te muerdas el labio mientras los miras por muchos kilómetros, yardas o distancia que te separen. Los que provocan que tu corazón bombee más rápido sin motivo aparente. Sabes de que te hablo, a los que acompañan esa sonrisa tan bonita que hace que el reloj se te pare, y no sea por falta de pilas o cuerda. Los que siempre serán tu debilidad, esa debilidad que te hace invencible...
Francisco Bonilla Lozano

miércoles, 10 de octubre de 2018

Nunca te olvides de ti

Nunca te olvides de ti. Nunca permitas que las circunstancias en las que te dejas arrastrar provoquen que dejes de sentirte orgulloso de la única persona por la que deberías sentir amor incondicional: tú. Sé coherente con tus valores, con tus principios, con tus deseos. Con todo aquello que en algún momento de tu vida has creído que era por lo que tú estabas en ella. No malgastes ni un segundo regalándole tu potencial a quien creas que lo va a desperdiciar. Si tú vales más que todo esto, cambia de comprador, pero nunca rebajes tu precio. Que cada noche puedas irte a dormir con la mínima sensación de que aquello que has hecho ha mejorado, de algún modo, la parcelita de sociedad que te corresponde desde el corazón. Así que por favor, no te vendas. A ningún precio. Hay inversiones cuyos riesgos es mejor no asumir. Y si tú no te lo crees suficiente, cuéntaselo al que nunca se hubiera olvidado de ti: el niño que fuiste. Porque el mundo, lo creas o no, te necesita.
-Noemí Carnicero.

viernes, 5 de octubre de 2018

Vivir y Amar

Vivir ... es llegar donde todo comienza

Amar... es ir donde nada termina

Vive ... como si fuera temprano

Reflexiona ... como si fuera tarde

Siente lo que digas... con cariño

Dí lo que piensas ... con esperanza

Piensa lo que haces ... con fe

Haz lo que debes ... con amor

La vida revela la verdad

La verdad nos ilumina el camino

El camino nos conduce a amar

El amor nos hace vivir

La razón del amar ...

La encontramos viviendo

El sentido de vivir ...

Lo encontramos amando.

Autor Desconocido 




martes, 2 de octubre de 2018

La mejor cura, el tiempo

El tiempo, como el viento, seca las lágrimas.


Como el agua, todo lo disuelve.
Como el fuego, reduce las cosas a cenizas.
Como el sol, todo lo ilumina.



Aclara lo confuso, descubre lo más oculto.



Encuentra lo perdido, propicia la tolerancia.



Reconcilia a los enemigos,
pone a prueba el amor y la amistad.



Extravía a los ambiciosos.



Se lleva las ilusiones y el orgullo,
trae la conformidad.



Quien va contra él, fracasa.
Quien lo aguarda se torna poderoso.
Quien lo acepta como aliado, traba amistad.



Autor: C. Vigil


jueves, 27 de septiembre de 2018

Depende de ti

Una canción puede chispear un momento,
Una flor puede hacer un sueño.
Un árbol puede empezar un bosque,
Un pájaro puede anunciar la primavera.

Una sonrisa empieza una amistad,
Un abrazo alza el alma.
Una estrella puede guiar una nave a destino,
Una palabra puede idear la meta.

Un voto puede cambiar una nación,
Un rayo de sol enciende una esperanza.
Una vela ilumina la oscuridad,
Una risa conquistará la atención.

Un paso debe empezar una jornada,
Una palabra debe empezar cada oración.
Una esperanza levantará nuestros espíritus,
Un toque puede mostrarle cuidado.

Una voz puede hablar con la sabiduría,
Un corazón puede saber lo que es verdad.
Una vida puede representar la diferencia,
todo, depende de ti.
Autor: Anónimo



jueves, 6 de septiembre de 2018

Baile Lento

¿Alguna vez has visto a los niños jugando? ¿O escuchado el chisporroteo de la lluvia en el suelo?
¿Alguna vez has seguido a una mariposa en su errático vuelo?
¿U observado al sol desvaneciéndose en la noche?
Mejor detente... No bailes tan de prisa. El tiempo es corto... La música no durará.
¿Pasas cada día en el vuelo? ¿Cuando te preguntas: "Quien eres"... ¿Escuchas la respuesta?
Cuando el día acaba... ¿te recuestas en tu cama con los siguientes cien coros corriendo por tu cabeza?
Mejor detente... No bailes tan de prisa.  El tiempo es corto. La música no durará...
¿Alguna vez le has dicho a tu niño: "lo haremos mañana" y en tu apatía, no ves su tristeza?
¿Alguna vez has perdido el tacto, dejando a algún buen amigo morir porque jamás tuviste tiempo para llamar y decir "Hola"?
Mejor detente... No bailes tan de prisa. El tiempo es corto. La música no durará...
Cuando corres demasiado rápido para llegar a alguna parte te pierdes la mitad de la diversión de llegar ahí.
Cuando te preocupas y te apuras durante el día, es como un pétalo sin abrir... tirado a la basura...
La vida no es una carrera, se toma un poco más lentamente.
Escucha la música, antes de que la canción termine...
Pedro García Morales

martes, 7 de agosto de 2018

Negar no sirve

Mi abuelo creció en el campo, donde la gente es tan simple como sabia y recuerdo las platicas entre él y sus amigos, como cuando en una ocasión, uno de ellos le pregunto ¿cuanto tarda en sanar una herida, una ausencia o una inevitable pérdida de lo amado?
Sin dudarlo el abuelo contestó:
Primero: todas las heridas duelen, "negar no sirve", pero tienen sus procesos. el dolor avisa afuera y adentro y en ambos lados es la llamada para que puedan ayudarle: déjese ayudar o al menos, déjese acompañar, los buenos y los malos ratos son siempre mejor compartidos, el cuerpo lo sabe el corazón también.
Segundo: Las heridas cierran mejor expuestas al aire y al sol, "negar no sirve", deje que el viento se lleve cuanto tiene que decir, lo que le duele, lo que se quedo sin hablar, luego que el sol le sane, déjese cobijar y acariciar, vea con claridad, la luz que surge de cada herida que con el cuidado adecuado, vuelve a plantar vida y seca naturalmente cada lágrima.
Tercero: Tercero el dolor pasa, las ausencias no, "negar no sirve", pero cada ausencia nos lleva a valorar las presencias, lo que se ha quedado, el aprendizaje adquirido y la fuerza que nace de haberlo aceptado, lo duro no es fuerte, en seguida se rompe, lo flexible si, que la cicatriz se mueva, se acomode para que se acabe de absorber.
Por último: Aprenda a vivir con su pérdida, sanada la herida primera, "negar no sirve", deje de exhibirla y de permitir que la toquen, recógala como algo sagrado y así resguárdela en su corazón, es suya, su memoria y su dignidad, no luche contra el recuerdo deje que se funda en el corazón, deje que se quede ahí lo que pensó perdido, lo que quiere de ello rescatar y cierre la puerta y siga su caminar, Ahora tiene usted más valor para cuidar y para continuar.
Lucia Toranzo N.

miércoles, 25 de julio de 2018

Que descubras

Que descubras la serenidad y tranquilidad en un mundo imposible de entender.
Que el dolor que has vivido y los problemas que has experimentado, te den el poder de caminar por la vida enfrentando cada situación con optimismo y valor.
No olvides que habrá seres cuyo amor y comprensión siempre estarán contigo, aun cuando te sientas solo.
Que descubras suficiente bondad en otros para creer en un mundo de paz.
Que una palabra generosa, un abrazo y una sonrisa sean tuyos todos los días de tu vida.
Que que puedas dar estos regalos tanto como recibirlos.
Recuerda el sol aun en medio de la tormenta.
Enseña amor a aquellos que odian, y deja que ese amor te fortalezca.
Recuerda que aquellos seres cuyas vidas has tocado y aquellos otros que han dejado su huella en ti, siempre ocuparán un lugar especial en tu corazón.
No importa si el encuentro fue corto y no lo que tu esperabas o deseabas.
No te preocupes demasiado por lo material.
Valoriza más la bondad y generosidad que habitan en tu corazón.
Que encuentres tiempo cada día para apreciar la belleza y el amor que te rodean.
Realiza que como seres humanos tenemos muchas cosas en común pero en el fondo todos somos diferentes.
Aprecia y respeta las diferencias.
Lo que sientes que careces en el presente puede ser tu fortaleza en el futuro.
Que veas un futuro lleno de posibilidades.
Que encuentres suficiente fortaleza en tu interior para determinar por tí mismo tu valor, y no dependas de la opinión de otros para reconocer tus habilidades.

miércoles, 13 de junio de 2018

El cazador de orquídeas - Roberto Arlt



El cazador de orquídeas

Roberto Arlt


Djamil entró en mi camarote y me dijo: Señor, ya están apareciendo las primeras montañas.
Abandoné precipitadamente mi encierro y fui a apoyarme de codos en la borda. Las aguas estaban bravías y azules mientras que en el confín la línea de montañas de Madagascar parecía comunicarle al agua la frialdad de su sombra. Poco me imaginaba que dos días después me iba a encontrar en Tananarivo con mi primo Guillermo Emilio, y que desde ese encuentro me naciera la repugnancia que me estremece cada vez que oigo hablar de las orquídeas.
Efectivamente, dudo que en el reino vegetal exista un monstruo más hermoso y repelente que esta flor histérica, y tan caprichosa, que la veréis bajo la forma de un andrajo gris permanecer muerta durante meses y meses en el fondo de una caja, hasta que un día, bruscamente, se despierta, se despereza y comienza a reflorecer, coloreándose las tintas más vivas.
Yo ignoraba todas estas particularidades de la flor, hasta que tropecé con Guillermo Emilio, precisamente en Madagascar.
Creo haber dicho que Guillermo Emilio era cazador de orquídeas. Durante mucho tiempo se dedicó a esta cacería en el sur del Brasil; pero luego, habiendo la justicia pedido su extradición por no sé qué delito de estafa, de un gran salto compuesto de numerosos y misteriosos zigzags se trasladó a Colombia. En Colombia formó parte de una expedición inglesa que en el espacio de pocos meses cazó dos mil ejemplares de orquídeas en las boscosas montañas de Nueva Granada. La expedición estaba costosamente equipada, y cuando los ingleses llegaron a Bogotá, de los dos mil ejemplares les quedaban vivos únicamente dos. El resto, malignamente, se había marchitado, y el financiador de la empresa, un lustrabotas enriquecido, enloqueció de furor.
Completamente empobrecido, y además mal mirado por la policía, Guillermo Emilio emigró a México, donde pretende que él fue el primero que descubrió la especie que conocemos bajo el nombre de “orquídea del azafrán”. No sé qué incidentes tuvo con un nativo -los mexicanos son gente violenta-, que Guillermo Emilio desapareció de México con la misma presteza que anteriormente salió de Río Grande, después de Natal, luego de Bogotá y, finalmente, de Tampico. Algunos maldicientes susurraban que el primo Guillermo Emilio combinaba el robo con la caza, y yo no diré que sí ni que no, porque bien claro lo dicen las Sagradas Escrituras: “No juzguéis si no quieres ser juzgado”.
Era él un hombre alto como un poste, de piernas largas, brazos largos, cara larga y fina y mucha alegría que gastar. Se le encontraba casi siempre vestido con un traje caqui, polainas y casco de explorador y un cuaderno bajo el brazo. En este cuaderno estaban pegados varios recortes de periódicos de provincia, donde se le veía junto a una planta de orquídeas acompañado de un grupo de indígenas sonrientes. Tal publicidad le permitió robar en muchas partes.
Este es el genio que yo me encontré una mañana de agosto en Tananarivo cuando semejante a un babieca abría los ojos como platos frente al disparatado palacio que ocupó la ex reina indígena Ranavalo. Este palacio lo construyó un francés aventurero que recaló en Madagascar huyendo de sus crueles deudores, y de quien me contaron extraordinarias anécdotas; pero dejémoslas para otro día.
Estaba, como digo, de pie, abriendo los ojos frente al palacio y rodeado de un grupo de cobrizas chiquillas con motas trenzadas y desparramadas, como los flecos de una alfombra, sobre su frente de chocolate. Por momentos miraba el palacio de la pobre Ranavalo, y si le volvía la espalda tropezaba con una multitud de robustos malgaches, que con la cabeza cargada de cestos de cañas pasaban hacia el mercado transportando sus plátanos. También pasaban rechinantes carros arrastrados por pequeños cebúes despojados de su rabo por una infección que permite salvar al buey sacrificando su cola. Yo conocía un chiste muy divertido respecto al buey y su cola, pero ahora no lo recuerdo. Adelante.
Mis proyectos eran variados. Uno consistía en marcharme a los arrozales de Ambohidratrimo, otro -y éste me seducía muy particularmente- en cruzar oblicuamente la isla partiendo de Tananarivo para el puerto de Majunga, y embarcarme allí para el archipiélago de las Comores. Ninguno de estos proyectos estaba determinado por la necesidad de los negocios, sino por el placer. De pronto escuché una gritería y vi a un viejo con casco de corcho que salió maldiciendo y riéndose a la puerta de su almacén, y al tiempo que maldecía y se reía, amenazaba con el puño la copa de un cocotero. Entonces, fijándome en donde señalaba el viejo, vi un mono con un gran cigarro encendido que se lo había robado. En el almacén ladero, un chino, con un blusón azul que le llegaba a los talones y una gran coleta, miraba al mono, que fumaba haciéndole amenazadoras señales.
-¡Tony! ¡Tú aquí, Tony!
¿Quién diablos me llamaba?
Me volví, y allí, para mi desgracia, estaba el primo Guillermo, con su traje caqui y el cuaderno debajo del brazo. Mientras cambiábamos las primeras preguntas yo pensaba en echarle escrupuloso candado a mi cartera. Sin embargo, me dejé persuadir, y Guillermo, tomándome de un brazo, exclamó en voz alta, tan alta, que creo que la pudo escuchar el chino del “fondak” frontero:
-Nunca entres al restaurante de un chino. Será un misterio para ti lo que te dé de comer.
Terminó mi primo de pronunciar estas palabras, se corrió una cortinilla de abalorios, y corpulento, con una barba despejada sobre su pecho y un turbante del razonable diámetro de una piedra de molino, apareció Taman. Arrastrando sus amarillas babuchas por el piso de madera, se aproximó a nuestra mesa, y Guillermo Emilio le dijo:
-Honorable Taman: te presentaré a un primo mío, perteneciente a una muy noble familia de América.
Taman me saludó al modo oriental; luego estrechó calurosamente mi mano y yo pensé si no había caído en una emboscada. Luego un chico tuerto, con una lamentable chilaba colgando de sus hombros y un fez rojo, depositó tres vasos de café sobre la mesa y el primo Guillermo me lo presentó:
-Es sabio y virtuoso como el ojo de Alá.
El pequeño tuerto me saludó lo mismo que su amo, y el primo Guillermo continuó:
-A ti puedo confiarme -miró en derredor cautelosamente-. Este prodigioso niño llamado Agib, ha descubierto la orquídea negra. Dice que de pétalo a pétalo la flor mide cerca de cuarenta centimetros.
-¿Y dónde descubrió ese prodigio?
-A ti puedo confiártelo. Es en el oeste del lago Itasy, sobre una falda del Tananarivo.
-¿Y por qué no la cazó él?
El tuerto, a quien su tío Taman encontraba sabio y virtuoso como el ojo de Alá, me respondió:
-Te diré, señor. He oído decir en ese paraje que en el tronco mismo de la orquídea se oculta una venenosísima serpiente negra…
– El primo Guillermo masculló:
-¡Supersticiones! ¿No sabes acaso, que el perfume de las orquídeas ahuyenta a las serpientes?
-¿Y qué piensas hacer tú? -intervine yo, que a mi pesar comenzaba a sentirme interesado en la aventura.
-Contrataré a dos indígenas. Cargaremos el tronco en una angarilla y traeremos la orquídea aquí.
Taman, el dueño del tabuco, que bebía su café silenciosamente, remató el diálogo con estas palabras, al tiempo que acariciaba la nuca de su sobrino:
-Este precioso niño no se equivoca nunca. Le aconseja un djim.
Finalmente, después de muchas conferencias, tratos y disputas, como se acostumbra en Oriente, Taman le alquiló al primo Guillermo Emilio su sobrino con las siguientes condiciones, de cuya puntual enumeración fui testigo:
TAMAN. – Convenimos tú y yo en que no le pegarás al niño con el puño ni con un bastón.
GUILLERMO. – Únicamente le pegaré cuando haga falta.
TAMAN. – Pero ni con el puño ni con el bastón.
GUILLERMo. – Pero sí podré utilizar una vara flexible.
TAMAN. – Sí; podrás. Le darás, además, de comer suficientemente.
GUILLERMO. – Sí.
TAMAN. – Le dejarás dormir donde quiera, sin forzar su voluntad.
GUILLERMO. – Sí; menos cuando esté de guardia.
TAMAN. – No serás con él cruel ni autoritario.
GUILLERMO. (impaciente). – ¡No pretenderás que le trate como si fuera mi esposa preferida!
TAMAN. – Bueno, bueno; te recomiendo a la alegría de mi vida, al hijo de mi hermana y a la preferencia de mis ojos.
Finalmente, una semana después, guiados por el tuerto Agib, salimos de Tananarivo en dirección al Norte. Dos malgaches, de pelo tan rizado que le formaba en torno de la cabeza una corona de flecos de alfombra, nos acompañaban como cargueros.
Primero cruzamos los arrabales y las aldeas vecinas, donde encontramos por todas partes, frente a sus cabañas de bambú y rafia, verdaderas colectividades de poltrones malgaches jugando al karatva, un juego muy parecido al nuestro que se conoce bajo el nombre de las damas, con la diferencia que ellos, en vez de tener trazado su tablero en una tabla, lo han pintado en un tronco de árbol.
Después dejamos detrás una larga caravana de cargadores de carbón, semidesnudos, andrajosos, algunos ya completamente ciegos, otros con larga barba blanca caída sobre el pecho desnudo rayado de costillas. Algunos se ayudaban para caminar con un báculo, y entre ellos venían jovencitas, y todos, sin distinción de edad, cargaban hasta cinco cestas redondas, puestas una encima de la otra, sobre la cabeza.
Cantaban una canción tristísima, y aunque el sol se extendía sobre los próximos mambúes, aquella caravana de espectros negruzcos me sobrecogió, y la consideré de mal augurio para nuestra aventura.
Al caer la tarde alcanzamos los primeros bosques de ravenalas, plantas de bananos de hasta treinta metros de altura, con anchas hojas abiertas como abanicos. Indescriptibles gritos de monos acompañaban nuestra marcha. Nunca me imaginé que los monos pudieran conectar tan variadísimas sinfonías de chillidos, rugidos, lamentaciones, gritos, ronquidos, rebuznos y aullidos como los que estas bestias peludas, negruzcas, rojas y amarillentas componían desde sus alturas.
El “Ojo de Alá”, como irreverentemente llamaba Taman a su sobrino Agib, se había humanizado. De tanto en tanto volvía la cabeza y le dirigía una sonrisa de señorita tímida a mi primo, que, implacable como un beduino, seguía adelante sin mirar a derecha ni izquierda, a no ser para lanzar una de esas malas palabras que hasta a las bestias de la selva las obligan a enmudecer. ¡Pobre Guillermo Emilio! ¡Si sabía él para qué se apresuraba!…
Al día siguiente ya cruzamos un bosque de ébanos; luego descendimos a un valle y al cruzar un río cenagoso un cocodrilo, que tenía la misma cabeza conformada que una corneta, atrapó por una pantorrilla a un carguero y se lo llevó aguas adentro, y pudimos ver cuando otro cocodrilo, precipitándose sobre él, le llevó un brazo. El agua se tiñó de rojo, y nosotros nos alejamos consternados. Quedaba ahora un solo cargador malgache, con cara de gato de cobre, y cuyas motas las mantenía constantemente peinadas en trencitas, que le caían sobre la frente como los flecos de una gualdrapa.
El tercer día de nuestra expedición subimos a la altura de unos montes, cuya planicie parecía de cristalización vidriada, piedra negra, resbaladiza como canto de botella. Abajo se veía el mar de la selva, y allá, muy lejos, el confín aguanoso del océano Índico. A pesar de que estábamos en verano, arriba hacía frío. Después de caminar trabajosamente durante dos horas por esta planicie cristalina oscura, pelada de toda vegetación, comenzamos el descenso hacia un valle arborescente, verde como si estuviera recortado en grandes paños de terciopelo verde cotorra. Un gran pájaro azul cruzó delante de nosotros chillando ásperamente, y comenzamos a bajar, pero pronto nos envolvió una nube de estaño; mascábamos agua, y cuando quisimos acordar, casi sin tiempo para refugiarnos debajo de un peñasco, estalló una tempestad terrible.
Verticales centellas conectaban el cielo y la tierra, torbellinos de agua rodaban en el espacio sus trombas de lluvia, y los truenos y la noche nos mantenían acurrucados bajo una roca. De pronto, aquel monstruoso techo de tinieblas se resquebrajó, y nuevamente apareció el cielo azul, con un sol centelleante de alegría. Eran las dos de la tarde. Nos desnudamos y pusimos a secar nuestra ropa al sol, y por primera vez desde la salida de Tananarivo oímos, el rugido corto, parecido al ladrido de un perro afónico. Era una pareja de panteras que andaba cazando cerca de nosotros. Cenamos varios puñados de arroz hervido en agua con un poco de aceite y bebimos abundantes cuencos de cacao.
Luego nos echamos a dormir. Al día siguiente alcanzaríamos el paraje donde florecía la orquídea negra.
Aborrezco los detalles superfluos. Aquel viernes, a las diez de la mañana estábamos a un paso de la orquídea negra. Ismaíl nos había guiado hasta un pequeño sendero rayado de troncos podridos de ravanalas y acacias. Este sendero estaba cerrado al fondo por un murallón de roca, pero cubierto también de una alfombra de musgo, y allí, al fondo, derribado sobre el roquedal, se veía un tronco podrido, tan deshecho, que no podía precisarse a qué especie vegetal pertenecía. Y de este tronco arrancaba un tallo, y al extremo de este tallo…, ¡jamás he visto nada tan maravilloso, ni aun pintado!
Era una estrella de picos fruncidos, tallada en un tejido de terciopelo negro bordeado de un festón de oro. Del centro de este cáliz lánguido, inmenso como una sombrilla de geisha, surgía un bastón de plata espolvoreado de carbón y rosa.
Todos lanzamos un grito de admiración. Guillermo Emilio se aproximó, estudió el tronco, lo removió con una palanca muy fácilmente, sacó del bolsillo un puñado de monedas de plata, las repartió entre Agib y el carguero malgache y les dijo:
-Retírenla cuidadosamente. Si llegamos a Tananarivo con la flor completa, les daré el doble.
Armados de hachas y palancas Agib y el malgache comenzaron a separar el tronco de su base musgosa. Guillermo y yo dimos principio a la construcción de una angarilla de bambú provista de su correspondiente techo.
-Este ejemplar nos reportará veinte mil dólares, por lo menos -cuchicheaba Guillermo, mientras ataba las cañas.
Nunca escuché un grito de terror semejante. Salté hacia la orquídea, y allí, arriba del murallón, vi al niño musulmán con la cara cruzada por un látigo de aceite negro; de pronto este látigo de aceite negro cruzó el espacio, y ya no le vimos más. Un doble hilo de sangre corría por la mejilla de Agib.
Fue inútil cuanto hicimos. Cubierto de sudor sanguinolento, estremeciéndose continuamente, pocos minutos después moría Agib. Tenía razón. Una serpiente negra se ocultaba bajo el tronco de la orquídea.
Yo mentiría si dijera que la muerte del Ojo de Alá, como le llamábamos un poco burlonamente, nos importó. Estábamos envenenados de codicia.
Veinte mil dólares danzaban ahora en nuestra mente. El mismo malgache había salido de su apatía oriental, y dos horas después, no sin matar previamente una araña venenosa, gorda como un sapo, cargamos en la angarilla el tronco de la orquídea.
Y con esta preciosa carga, una semana después entrábamos al tabuco de Taman.
-Déjame a mí; yo le hablaré -dijo el primo Guillermo Emilio.
Recuerdo que Taman salió a nuestro encuentro sumamente pálido. Tenía ya noticia de la muerte del hijo de su hermana.
Pero me llamó la atención que no se dignó dirigir una sola mirada a la preciosa flor, cuyos festones de terciopelo y oro llenaban la mísera habitación revestida de tapices baratos y alfombras, mezquinas, de un monstruoso prestigio de sueño chino. Nos miramos todos en silencio: luego Taman dijo:
-¿Dónde han dejado al hijo de mi hermana?
Creo que el primo Guillermo empleó cinco mil palabras para explicarle a Taman el final del Ojo de Alá. Mesándose la barba, lo cual es signo peligroso en un musulmán robusto, Taman escuchaba a Guillermo, y cuanto más profundo era el silencio de Taman, más impaciente y voluble era la cháchara de Guillermo. Y de pronto Taman, cuya exquisita educación no hacía esperar esta reacción de su parte, agarró un garrote, y levantándolo sobre la cabeza de Guillermo, dijo:
-¡Perro maldito! ¡Cómete esa orquídea!
-¡Taman -suplicó el primo Guillermo-, Taman, entiéndeme: ni tú, ni yo, ni él tuvo la culpa! En cuanto a comerme esa orquídea, no digas disparates. ¿Te comerías veinte mil dólares?
-¿Cómete esa orquídea, he dicho!
-Entendámonos, Taman: tu querido sobrino…
-¡Vas a comerte esa orquídea, perro!
El tono que esta vez empleó Taman para amenazar fue terrorífico. Que el primo Guillermo se percató de ello lo demuestra el hecho que sin ningún pudor se arrodilló delante de Taman, y tomándole la chilaba, le dijo:
-Escúchame, honorable hermano mío…
Una sombra de ferocidad cruzo el rostro de Taman. Guillermo Emilio vio esa sombra, y con infinita melancolía se dirigió a la angarilla donde la orquídea negra dejaba caer su picudo cáliz de terciopelo y oro.
-Taman, piensa…
-¡Come! -ladró Taman.
Entonces por primera y probablemente por última vez en mi vida he visto a un hombre comerse veinte mil dólares. El primo Guillermo desgarró la orquídea de su tronco, y con la misma desesperación de quien devora sus propias entrañas comenzó a morder y tragarse el suntuoso tejido de la flor.
Cuando Guillermo terminó de comerse el último pedacito de terciopelo y oro, Taman salió del tabuco en silencio, y Guillermo se desmayó.
Estuvo dos meses enfermo del estómago, y cuando creyeron que se había curado una peste curiosísima, manchas negras con borde bronceado, le comenzó a cubrir la piel en todas partes del cuerpo, y aunque varios médicos sospechan que es una afección nerviosa, ninguna autoridad sanitaria le permite al primo Guillermo abandonar la isla donde “se comió su fortuna”.



miércoles, 16 de mayo de 2018

CARPE DIEM

Aprovecha el día.
No dejes que termine sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz,
sin haber alimentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el
derecho de expresarte, que es casi un deber.
No abandones tus ansias de hacer de tu vida algo extraordinario…
No dejes de creer que las palabras y la poesía, sí pueden cambiar al
mundo; porque, pase lo que pase, nuestra esencia está intacta.
Somos seres humanos llenos de pasión, la vida es desierto y es oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos convierte en protagonistas de nuestra
propia historia.
Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Y tú
puedes aportar una estrofa…
No dejes nunca de soñar, porque sólo en sueños puede ser libre el
hombre.
No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un
silencio espantoso. No te resignes, huye…
"Yo emito mi alarido por los tejados de este mundo", dice el poeta;
valora la belleza de las cosas simples, se puede hacer poesía sobre las
pequeñas cosas.
No traiciones tus creencias, todos merecemos ser aceptados.
No podemos remar en contra de nosotros mismos, eso transforma la
vida en un infierno.
Disfruta del pánico que provoca tener la vida por delante.
Vívela intensamente, sin mediocridades.
Piensa que en ti está el futuro, y asume la tarea con orgullo y sin
miedo.
Aprende de quienes pueden enseñarte. Las experiencias de quienes se
alimentaron de nuestros “Poetas Muertos”, te ayudarán a caminar por
la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros, los “Poetas Vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti, sin que tú la vivas…
Walt Whitman

domingo, 15 de abril de 2018

Lo único que...


"Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de el, aunque todo lo que uno haya aprendido no sirva para nada la próxima vez que la tristeza
lo visite de improvisto."
Huraki Murakami

martes, 20 de marzo de 2018

Si - Rudyard Kipling

"Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor
la han perdido y te culpan a ti.
Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero también aceptas que tengan dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no incurres en el odio.
Y aun así no te las das de bueno ni de sabio.
Si puedes soñar sin que los sueños te dominen;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes encontrarte con el triunfo y la derrota,
y tratar a esos dos impostores de la misma manera.
Si puedes soportar oír la verdad que has dicho,
tergiversada por villanos para engañar a los necios.
O ver cómo se destruye todo aquello por lo que has dado la vida,
y remangarte para reconstruirlo con herramientas desgastadas.
Si puedes apilar todas tus ganancias
y arriesgarlas a una sola jugada;
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones,
a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados,
y así resistir cuando ya no te queda nada
salvo la Voluntad, que les dice: "¡Resistid!".
Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
o caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos pueden contar contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el implacable minuto,
con sesenta segundos de diligente labor
Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y —lo que es más—: ¡serás un Hombre, hijo mío!"

domingo, 18 de marzo de 2018

El dato escondido - Mario Vargas Llosa


El dato escondido


Mario Vargas Llosa


En alguna parte, Ernest Hemingway cuenta que, en sus comienzos literarios, se le ocurrió de pronto, en una historia que estaba escribiendo, suprimir el hecho principal: que su protagonista se ahorcaba. Y dice que, de este modo, descubrió un recurso narrativo que utilizaría con frecuencia en sus futuros cuentos y novelas. En efecto, no sería exagerado decir que las mejores historias de Hemingway están llenas de silencios significativos, datos escamoteados por un astuto narrador que se las arregla para que las informaciones que calla sean sin embargo locuaces y azucen la imaginación del lector, de modo que éste tenga que llenar aquellos blancos de la historia con hipótesis y conjeturas de su propia cosecha. Llamemos a este procedimiento ‘el dato escondido’ y digamos rápidamente que, aunque Hemingway le dio un uso personal y múltiple (algunas veces, magistral), estuvo lejos de inventarlo, pues es una técnica vieja como la novela y que aparece en todas las historias clásicas.
Pero, es verdad que pocos autores modernos se sirvieron de él con la audacia con que lo hizo el autor de El viejo y el mar. ¿Recuerda usted ese cuento magistral, acaso el más célebre de Hemingway, llamado “Los asesinos“? Lo más importante de la historia es un gran signo de interrogación: ¿por qué quieren matar al sueco Ele Andreson ese par de forajidos que entran con fusiles de cañones recortados al pequeño restaurante Henry’s de esa localidad innominada? ¿Y por qué ese misterioso Ole Andreson, cuando el joven Nick Adams le previene que hay un par de asesinos buscándolo para acabar con él, rehúsa huir o dar parte a la policía y se resigna con fatalismo a su suerte? Nunca lo sabremos. Si queremos una respuesta para estas dos preguntas cruciales de la historia, tenemos que inventárnosla nosotros, los lectores, a partir de los escasos datos que el narrador omnisciente e impersonal nos proporciona: que, antes de avecindarse en el lugar, el sueco Ole Andreson parece haber sido boxeador, en Chicago, donde algo hizo (algo errado, dice él) que selló su suerte.
El ‘dato escondido’ o narrar por omisión no puede ser gratuito y arbitrario. Es preciso que el silencio del narrador sea significativo, que ejerza una influencia inequívoca sobre la parte explícita de la historia, que esa ausencia se haga sentir y active la curiosidad, la expectativa y la fantasía del lector.
Hemingway fue un eximio maestro en el uso de esta técnica narrativa, como se advierte en “Los asesinos”, ejemplo de economía narrativa, texto que es como la punta de un iceberg, una pequeña prominencia visible que deja entrever en su brillantez relampagueante toda la compleja masa anecdótica sobre la que reposa y que ha sido birlada al lector. Narrar callando, mediante alusiones que convierten el escamoteo en expectativa y fuerzan al lector a intervenir activamente en la elaboración de la historia con conjeturas y suposiciones, es una de las más frecuentes maneras que tienen los narradores para hacer brotar vivencias en sus historias, es decir, dotarlas de poder de persuasión.
¿Recuerda usted el gran ‘dato escondido’ de la (a mi juicio) mejor novela de Hemingway, The sun also rises? Sí, esa misma: la importancia de Jake Barnes, el narrador de la novela. No está nunca explícitamente referida; ella va surgiendo -casi me atrevería a decir que el lector, espoleado por lo que lee, la va imponiendo al personaje- de un silencio comunicativo, esa extraña distancia física, la casta relación corporal que lo une a la bella Brett, mujer a la que transparentemente y que sin duda también lo ama y podría haberlo amado si no fuera por algún obstáculo o impedimento del que nunca tenemos información precisa. La impotencia de Jake Barnes es un silencio extraordinariamente explícito, una ausencia que se va haciendo muy llamativa a medida que el lector se sorprende con el comportamiento inusitado y contradictorio de Jake Barnes para con Brett, hasta que la única manera de explicárselo es descubriendo (¿inventando?) su importancia. Aunque silenciado, o, tal vez, precisamente por la manera en que lo está, ese ‘dato escondido’ baña la historia de The sun also rises con una luz muy particular.
La celosía, de Robbe-Grillet (La Jalousie, en francés) es otra novela donde un ingrediente esencial de la historia –nada menos que el personaje central – ha sido exiliado de la narración, pero de tal modo que su ausencia se proyecta en ella de manera que se hace sentir a cada instante. Como en casi todas las novelas de Robbe-Grillet, en La Jalousie no hay propiamente una historia, no por lo menos como se entendía a la manera tradicional –un argumento con principio, desarrollo y conclusión-, sino, más bien, los indicios o síntomas de una historia que desconocemos y que estamos obligados a reconstruir como los arqueólogos reconstruyen los palacios babilónicos a partir de un puñado de piedras enterradas por los siglos, o los zoológicos reedifican a los dinosaurios y pterodáctilos de la prehistoria valiéndose de una clavícula o un metacarpo. De manera que podemos decir que las novelas de Robbe-Grillet están todas concebidas a partir de ‘datos escondidos’.
Ahora bien, en La Jalousie este procedimiento es particularmente funcional, pues, para que lo que en ella se encuentra tenga sentido, es imprescindible que esa ausencia, ese ser abolido, se haga presente, tome forma en la conciencia del lector. ¿Quién es ese ser invisible? Un marido celoso, como lo sugiere el título del libro con su ambivalente significado (jalousie es celosía, una ventana enrejada, pero también los celos), alguien que, poseído por el demonio de la desconfianza, espía minuciosamente todos los movimientos de la mujer a la que cela sin ser advertido por ella. Esto no lo sabe con certeza el lector; lo deduce o inventa inducido por la naturaleza de la descripción, que es la de una mirada obsesiva, enfermiza, dedicada al escrutinio detallado, enloquecido, de los más ínfimos desplazamientos, gestos e iniciativas de la esposa. ¿Quién es el matemático observador? ¿Por qué somete a esa mujer a este asedio visual? Esos ‘datos escondidos’ no tienen respuesta dentro del discurso novelesco y el propio lector debe esclarecerlos a partir de las pocas pistas que la novela le ofrece. A esos ‘datos escondidos’ definitivos, abolidos para siempre de una novela, podemos llamarlos elípticos, para diferenciarlos de los que sólo han sido temporalmente ocultados al lector, desplazados en la cronología novelesca para crear expectativa, suspenso, como ocurre en las novelas policiales, donde sólo al final se descubre al asesino. A esos ‘datos escondidos’ sólo momentáneos -descolocados- podemos llamarlos ‘datos escondidos en hipérbaton’, figura poética que, como usted recordará, consiste en descolocar una palabra en el verso por razones de eufonía o rima (“Era del año la estación florida…” en vez del orden regular: “Era la estación florida del año…”).
Quizás el ‘dato escondido’ más notable en una novela moderna sea el que tiene lugar en la tremebunda Santuario(Sanctuary), de Faulkner, donde el cráter de la historia -la desfloración de la juvenil y frívola Temple Drake, por Popeye, un gángster impotente y psicópata, valiéndose de una mazorca de maíz- está desplazado y disuelto en hilachas de información que permiten al lector, poco a poco y retroactivamente, tomar conciencia del horrendo suceso. De este ominoso, abominable silencio, irradia la atmósfera en que transcurre Santuario: una atmósfera de salvajismo, represión sexual, miedo, prejuicio y primitivismo que da a Jefferson, Memphis y los otros escenarios de la historia, un carácter simbólico, de mundo del ‘mal’, de la perdición y caída del hombre, en el sentido bíblico del término. Más que una transgresión de las leyes humanas, la sensación que tenemos ante los horrores de esta novela -la violación de Temple es apenas uno de ellos; hay, además, un ahorcamiento, un linchamiento por fuego, varios asesinatos y un variado abanico de degradaciones morales- es la de una victoria de los poderes infernales, de una derrota del bien por un espíritu de perdición, que ha logrado enseñorearse de la tierra. Todo Santuario está armado con ‘datos escondidos’. Además de la violación de Temple Drake, hechos tan importantes como el asesinato de Tommy y de Red o la impotencia de Popeye son, primero, silencios, omisiones que sólo retroactivamente se van revelando al lector, quien, de este modo, gracias a esos ‘datos escondidos en hipérbaton’ va comprendiendo cabalmente lo sucedido y estableciendo la cronología real de los sucesos. No sólo en ésta, en todas sus historias, Faulkner fue también consumado maestro en el uso del ‘dato escondido’.
Quisiera ahora, para terminar con un último ejemplo de ‘dato escondido’, dar un salto atrás de quinientos años, hasta una de las mejores novelas de caballerías medievales, el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell, una de mis novelas de cabecera. En ella el ‘dato escondido’ -en sus dos modalidades: como hipérbaton o como elipsis- es utilizado con la destreza de los mejores novelistas modernos. Veamos cómo está estructurada la materia narrativa de uno de los cráteres activos de la novela: las bodas sordas que celebran Tirant y Carmesina y Diafebus y Estefanía (episodio que abarca desde mediados del capítulo CLXII hasta mediados del CLXIII). Este es el contenido del episodio. Carmesina y Estefanía introducen a Tirant y Diafebus en una cámara del palacio. Allí, sin saber que Plaerdemavida los espía por el ojo de la cerradura, las dos parejas pasan la noche entregadas a juegos amorosos, benignos en el caso de Tirant y Cermesina, radicales en el de Diafebus y Estefanía. Los amantes se separan al alba y, horas más tarde, Plaerdemavida revela a Estefanía y Carmesina que ha sido testigo ocular de las bodas sordas.
En la novela esta secuencia no aparece en el orden cronológico ‘real’, sino de manera discontinua, mediante ‘mudas’ temporales y un ‘dato escondido’ en hipérbaton, gracias a lo cual el episodio se enriquece extraordinariamente de vivencias. El relato refiere los preliminares, la decisión de Carmesina y Estefanía de introducir a Tirant y Diafebus en la cámara y se explica cómo Carmesina, maliciando que iba a haber “celebración de bodas sordas”, simula dormir. El narrador impersonal y omnisciente prosigue, dentro del orden ‘real’ de la cronología, mostrando el deslumbramiento de Tirant cuando ve a la bella princesa y cómo cae de rodillas y le besa las manos. Aquí se produce la primera ‘muda temporal’ o ruptura de la cronología: “Y cambiaron muchas amorosas razones. Cuando les pareció que era hora de irse, se separaron uno del otro y regresaron a su cuarto”. El relato da un salto al futuro, dejando en ese hiato, en ese abismo de silencio, una sabia interrogación: “¿Quién pudo dormir esa noche, unos por amor, otros por dolor?” La narración conduce luego al lector a la mañana siguiente.
Plaerdemavida se levanta, entra a la cámara de la princesa Carmesina y encuentra a Estefanía “toda llena de déjame estar”. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué ese abandono voluptuoso de Estefanía? Las insinuaciones, preguntas, burlas y picardías de la deliciosa Plaerdemavida van dirigidas, en verdad, al lector, cuya curiosidad y malicia atizan. Y, por fin, luego de este largo y astuto preámbulo, la bella Plaerdemavida revela que la noche anterior ha tenido un sueño, en el que vio a Estefanía introduciendo a Tirant y Diafebus en la cámara. Aquí se produce la segunda ‘muda temporal’ o salto cronológico en el episodio. Este retrocede a la víspera y, a través del supuesto sueño de Plaerdemavida, el lector descubre lo ocurrido en el curso de las bodas sordas. El dato escondido sale a la luz, restaurando la integridad del episodio.
¿La integridad cabal? No del todo. Pues, además de esta ‘muda temporal’, como usted habrá observado, se ha producido también una ‘muda espacial’, un cambio de punto de vista espacial, pues quien narra lo que sucede en las bodas sordas ya no es el narrador impersonal y excéntrico del principio, sino Plaerdemavida, un narrador-personaje, que no aspira a dar un testimonio objetivo sino cargado de subjetividad (sus comentarios jocosos, desenfadados, no sólo subjetivizan el episodio; sobre todo, lo descargan de la violencia que tendría narrada de otro modo la desfloración de Estefanía por Diafebus). Esta muda doble -temporal y espacial- introduce pues una ‘caja china’ en el episodio de las bodas sordas, es decir una narración autónoma (la de Plaerdemavida) contenida dentro de la narración general del narrador-omnisciente. (Entre paréntesis, diré que Tirant lo Blanc utiliza muchas veces también el procedimiento de las ‘cajas chinas’ o ‘muñecas rusas’. Las proezas de Tirant a lo largo del año y un día que duran las fiestas en la corte de Inglaterra no son reveladas al lector por el narrador-omnisciente, sino a través del relato que hace Diafebus al Conde de Varoic; la toma de Rodas por los genoveses transparece a través de un relato que hacen a Tirant y al Duque de Bretaña dos caballeros de la corte de Francia, y la aventura del mercader Gaubedi surge de una historia que Tirant cuenta a la Viuda Reposada.) De este modo, pues, con el examen de un solo episodio de este libro clásico, comprobamos que los recursos y procedimientos que muchas veces parecen invenciones modernas por el uso vistoso que hacen de ellos los escritores contemporáneos, en verdad forman parte del acervo novelesco, pues los usaban ya con desenvoltura los narradores clásicos. Lo que los modernos han hecho, en la mayoría de los casos, es pulir, refinar o experimentar con nuevas posibilidades implícitas en unos sistemas de narrar que surgieron a menudo con las más antiguas manifestaciones escritas de la ficción.
Quizás valdría la pena, antes de terminar esta carta, hacer una reflexión general, válida para todas las novelas, respecto a una característica innata del género de la cual se deriva el procedimiento del ‘dato escondido’, la parte escrita de toda novela es sólo una sección o fragmento de la historia que cuenta: ésta, desarrollada a cabalidad, con la acumulación de todos sus ingredientes sin excepción -pensamientos, gestos, objetos, coordenadas culturales, materiales históricos, psicológicos, ideológicos, etcétera, que presupone y contiene la historia total- abarca un material infinitamente más amplio que el explícito en el texto y que novelista alguno, ni aun el más profuso y caudaloso y con menos sentido de la economía narrativa, estaría en condiciones de explayar en su texto.
Para subrayar este carácter inevitablemente parcial de todo discurso narrativo, el novelista Claude Simon -quien de este modo quería ridiculizar las pretensiones de la literatura ‘realista’ de reproducir la realidad- se valía de un ejemplo: la descripción de una cajetilla de cigarrillos Gitanes. ¿Qué elementos debía incluir aquella descripción para ser realista?, se preguntaba. El tamaño, color, contenido, inscripciones, materiales de que esa envoltura consta, desde luego. ¿Sería eso suficiente? En un sentido totalizador, de ninguna manera. Había falta, también, para no dejar ningún dato importante fuera, que la descripción incluyera asimismo un minucioso informe sobre los procesos industriales que están detrás de la confección de ese paquete y de los cigarrillos que contiene, y, por qué no, de los sistemas de distribución y comercialización que los trasladan de productor hasta el consumidor. ¿Se habría agotado de este modo la descripción total de la cajetilla de Gitanes? Por supuesto que no. El consumo de cigarrillos no es un hecho aislado, resulta de la evolución de las costumbres y la implantación de las modas, está entrañablemente conectado con la historia social, las mitologías, las políticas, los modos de vida de la sociedad; y, de otro lado, se trata de una práctica -hábito o vicio- sobre la que la publicidad y la vida económica ejercen una influencia decisiva, y que tiene unos efectos determinados sobre la salud del fumador.
De donde no es difícil concluir, por este camino de la demostración llevada a extremos absurdos, que la descripción de cualquier objeto, aun el más insignificante, alargada con un sentido totalizador, conduce pura y simplemente a esa pretensión utópica: la descripción del universo.
De las ficciones, podría decirse, sin duda, una cosa parecida. Que si un novelista a la hora de contar una historia, no se impone ciertos límites (es decir, si no se resigna a esconder ciertos datos), la historia que cuenta no tendría principio ni fin, de alguna manera llegaría a conectarse con todas las historias, ser aquella quimérica totalidad, el infinito universo imaginario donde coexisten visceralmente emparentadas todas las ficciones.
Ahora bien. Si se acepta este supuesto, que una novela -o, mejor, una ficción escrita- es sólo un segmento de la historia total, de la que el novelista se ve fatalmente obligado a eliminar innumerables datos por ser superfluos, prescindibles y por estar implicados en los que sí hace explícitos, hay de todas maneras que diferenciar aquellos datos excluidos por obvios o inútiles, de los ‘datos escondidos’ a que me refiero en esta carta. En efecto, mis ‘datos escondidos’ no son obvios ni inútiles. Por el contrario, tienen funcionalidad, desempeñan un papel en la trama narrativa, y es por eso que su abolición o desplazamiento tienen efectos en la historia, provocando reverberaciones en la anécdota o los puntos de vista.
Finalmente, me gustaría repetirle una comparación que hice alguna vez comentando Santuario de Faulkner. Digamos que la historia completa de una novela (aquella hecha de datos consignados y omitidos) es un cubo. Y que, cada novela particular, una vez eliminados de ella los datos superfluos y los omitidos deliberadamente para obtener un determinado efecto, desprendida de ese cubo adopta una forma determinada: ese objeto, esa escultura, reflejan la originalidad del novelista. Su forma ha sido esculpida gracias a la ayuda de distintos instrumentos, pero no hay duda de que uno de los más usados y valiosos para esta tarea de eliminar ingredientes hasta que se delinea la bella y persuasiva figura que queremos, es la del ‘dato escondido’ (si no tiene usted un nombre más bonito que darle a este procedimiento).



jueves, 8 de marzo de 2018

Plegaria a la traición - Alfonsina Storni


Plegaria a la traición

Alfonsina Storni


¡Amor… amor! Traicionas mis deseos,
Mi tristeza, mi esfuerzo.Cuando hundía
La ilusión en la sombra de la muerte
Reviven su cadáver, lo dominas,
Y me entregas atada
Como un mártir vencido…
¡Amor… amor! Tus alas han golpeado,
A las puertas del alma, suavemente
Me ha mentido tu arrullo, no lo ignoro,
Pero he sido cobarde y con las alas
Agoretas y trágicas me has hecho
¡Un manto todo blanco y todo rosa!
¡Traición! ¡Traición! Tu funa puñalada
Sangra mi vena y ha de darme muerte
Y no puedo ni quiero maldecirte
¡Has vuelto amor, has vuelto!
Como un niño sorprendido de pronto
Mi alma pone interés en recibirte
Y temor; tiemblan acaso por sus flores
Que se abrieron recién cuando tus alas,
Fino amor, me llamaban, me llamaban
¡Entra traidor! ¡Intenta algún milagro!
¡Pase tu soplo vívido como una
Llama de vida donde el alma pueda
Despertar a la dulce Primavera
Y olvidar el invierno despiadado!
¡Entra traditore! Y vénceme, sofócame
Hazme olvidar la tempestad pasada,
Arrúllame, adorméceme y procura
Que me muera en el sueño de tu engaño,
Mientras me cantas, suave, la alegría
De las pascuas del sol!


domingo, 25 de febrero de 2018

Dale vida a tus sueños - Mario Benedetti

Dale vida a los sueños que alimentan el alma, no los confundas nunca con realidades vanas.
Y aunque tu mente sienta necesidad humana, de conseguir las metas y de escalar montañas, nunca rompas tus sueños, porque matas el alma.
Dale vida a tus sueños aunque te llamen loco, no los dejes que mueran de hastío, poco a poco, no les rompas las alas, que son de fantasía, y déjalos que vuelen contigo en compañía.
Dale vida a tus sueños y, con ellos volando, tocarás las estrellas y el viento, susurrando, te contará secretos que
para ti ha guardado y sentirás el cuerpo con caricias, bañado, del alma que despierta para estar a tu lado.
Dale vida a los sueños que tienes escondidos, descubrirás que puedes vivir estos momentos con los ojos abiertos y los miedos dormidos, con los ojos cerrados y los sueños despierto.
Mario Benedetti

viernes, 2 de febrero de 2018

Vas a llegar!

Vas a llegar!

Nadie alcanza la meta con un solo intento...
¡Ni perfecciona la vida con una sola rectificación!...
¡Ni alcanza altura con un solo vuelo!
Nadie camina la vida
sin haber pisado en falso muchas veces...
Nadie recoge cosecha,
sin probar muchos sabores...
enterrar muchas semillas...
¡y abonar mucha tierra!
Nadie mira la vida,
sin acobardarse en muchas ocasiones...
Ni se mete en el barco sin temerle a la tempestad...
¡Ni llega a puerto sin remar muchas veces!
Nadie siente el amor sin probar sus lágrimas...
Ni recoge rosas, sin sentir sus espinas...
Ni cultiva amistad, sin renunciar a si mismo.
¡Ni se hace hombre, sin sentir a Dios...
¡Nadie llega a la otra orilla,
sin haber ido haciendo puentes al pasar!...
Autor: Zenaida Bacardí de Argamasilla




jueves, 25 de enero de 2018

La suegra silenciosa - Patricia Highsmith



La suegra silenciosa

[Cuento - Texto completo.]
Patricia Highsmith


Esta suegra, Edna, ha oído todos los chistes sobre suegras y no tiene la intención de ser el blanco de tales bromas, ni de caer en ninguna de las trampas tan abundantemente esparcidas en su camino. Lo primero de todo es que vive con su hija y su yerno, por lo que ha de ser doble o triplemente cuidadosa. Ni le pasa por la cabeza criticar nada. Los jóvenes podrían volver a casa borrachos perdidos, y Edna nunca haría el menor comentario. Podrían fumar hierba (a veces lo hacen), pelearse y tirarse los trastos a la cabeza, y Edna no abriría la boca. Ha oído demasiadas cosas sobre las suegras que se entrometen, así que mantiene la boca cerrada. De hecho, lo más extraño de Edna es su silencio. Dice «Sí, gracias» cuando le ofrecen una segunda taza de café, y «Buenas noches, que duerman bien», pero nada más.
La segunda característica notable de Edna es su economía. No sospecha en absoluto que esto les da cien patadas a Laura y a Brian, porque ellos también están intentando hacerlo lo mejor posible y tratando de ser amables, así que ni se les ocurriría decirle que su economía les da cien patadas. Entre otras cosas, porque es evidente que Edna disfruta economizando. Exhibe una enorme bola de cordel usado como otras suegras enseñarían una colcha hecha por ellas. Pone hasta la última pepita de naranja en una bolsa de plástico destinada al montón de estiércol. A Laura y a Brian les costaría unos trescientos dólares al mes mantener a Edna en un piso aparte. Edna tiene algún dinero, que aporta a la casa, pero si viviera sola, Laura y Brian tendrían que aportar más de lo que les cuesta ahora, así que dejan las cosas como están.
Edna tiene cincuenta y cinco años, es delgada y fuerte, con el pelo corto y rizado entremezclado de gris y negro. Debido a su costumbre de escurrirse por la casa haciendo cosas, tiene postura y andares de jorobada. Nunca está ociosa y raras veces se sienta. Cuando lo hace, generalmente es porque alguien se lo pide; entonces se arroja sobre una silla y cruza las manos con expresión atenta. Casi siempre tiene algo útil cociendo en el fuego, por ejemplo, puré de manzana, o ha empezado a limpiar el horno con algún producto químico, lo que significa que Laura no puede usar el horno durante por lo menos una hora.
Laura y Brian no tienen hijos todavía, porque son personas previsoras y en el fondo están intentando encontrar el modo de instalar a Edna airosa y cómodamente en algún sitio, aunque fuese a costa de ellos, y después pensarán en tener una familia. Todo esto causa tensión. Su casa es de dos plantas, en un barrio residencial a veinticinco minutos en coche de la ciudad donde Brian trabaja como ingeniero electrónico. Tiene buenas perspectivas de ascenso y estudia en casa en sus horas libres. Edna echa una mano en el jardín y corta el césped, así que Brian no tiene demasiado que hacer los fines de semana. Pero tiene la sensación de que Edna escucha a través de las paredes. La habitación de Edna es contigua a su dormitorio. Hay un desván sin calefacción, que a Brian y a Laura les gustaría hacer habitable, en donde Edna va guardando frascos de mermelada, cartones, cajones de madera, viejas cajas con adornos de Navidad, papeles de envolver y toda clase de cosas que pueden venir bien algún día. Brian ya no puede entrar por la puerta sin tirar algo al suelo. Quiere echar un vistazo al desván para ver si resultaría muy difícil aislarlo y todo eso. Pero, de alguna manera, el desván se ha convertido en propiedad de Edna.
—Si al menos dijera algo… aunque fuese de vez en cuando —le dijo Brian a Laura un día—. Es como vivir con un robot.
Laura lo sabía. Había adoptado una aptitud supersimpática y charlatana con su madre en la esperanza de hacerla hablar.
—Pondré esto aquí, mmm, y el cenicero puede quedar aquí —decía Laura rondando por la casa.
Edna asentía y sonreía, tensa, para mostrar su aprobación y no decía nada, aunque siempre estaba dispuesta a ayudar.
El ambiente estaba destrozando los nervios de Brian. A menudo farfullaba maldiciones. Una noche, cuando estaban en una fiesta en una casa del barrio, a Brian se le ocurrió una idea. Le contó a Laura su plan y ella estuvo de acuerdo. Había tomado unas cuantas copas y Brian le hizo tomar otra.
Laura y Brian volvieron a casa después de la fiesta; se desnudaron en el coche, caminaron hasta la puerta principal y llamaron al timbre. Una larga espera. Se reían nerviosamente. Eran más de las dos de la mañana y Edna estaba en la cama. Finalmente, Edna llegó y abrió la puerta.
—¡Hola, hola, Edna! —dijo Brian, entrando a ritmo de vals.
—Buenas noches, mamá —dijo Laura.
Sofocada y horrorizada, Edna parpadeó, pero pronto se recobró lo suficiente para reír y sonreír cortésmente.
—Bueno, ¿no estás sorprendida? ¡Di algo! —gritó Brian, pero como ya no estaba tan borracho como Laura, cogió un almohadón del sofá y se lo puso delante para tapar su desnudez, odiándose a sí mismo al hacerlo, porque era como si hubiese perdido el valor.
Laura estaba ejecutando un solo de ballet, completamente desinhibida.
Edna había desaparecido en la cocina. Brian la siguió y vio que estaba preparando café instantáneo.
—¡Escucha, Edna! —gritó—. Podrías hablarnos por lo menos, ¿no? Es bien sencillo, ¿no? Por favor, por amor de Dios, ¡dinos algo!
Continuaba apretando el almohadón contra su cuerpo, pero gesticulaba con la otra mano.
—¡Es verdad, mamá! —dijo Laura desde la puerta. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Su convicción la ponía histérica—. ¡Háblanos!
—Me parece vergonzoso, puesto que quieren que diga algo —dijo Edna, la frase más larga que había pronunciado desde hacía años—. ¡Borrachos y, encima, desnudos! ¡Estoy avergonzada de ustedes! Laura, coge un impermeable del recibidor, ¡coge cualquier cosa! Y tú… ¡mi yerno! —Edna estaba chillando.
El agua de la cafetera estaba hirviendo. Edna pasó corriendo junto a Brian y subió a su habitación.
Ni Brian ni Laura recordaron bien las horas que siguieron. Si esperaban haber roto el silencio de Edna definitivamente, pronto descubrieron que estaban equivocados. A la mañana siguiente, domingo, Edna estaba tan silenciosa como siempre, aunque sonreía un poco, casi como si no hubiese pasado nada.
El lunes Brian fue a trabajar, como de costumbre, y al volver a casa, Laura le dijo que Edna había estado desacostumbradamente atareada todo el día. También había estado silenciosa.
—Creo que está avergonzada de sí misma —dijo Laura—. Ni siquiera quiso comer conmigo.
Brian averiguó que Edna había estado apilando leña, limpiando la barbacoa, pelando manzanas verdes, cosiendo, sacando brillo a los metales, buscando en un gran cubo de basura Dios sabe qué.
—¿Qué está haciendo ahora? —preguntó Brian, ligeramente alarmado.
En ese mismo momento lo supo, Edna estaba en el desván. Algún que otro crujido de las maderas les llegaba desde arriba, o un clank cuando dejaba en el suelo una caja con frascos de cristal o algo así.
—Deberíamos dejarla en paz de momento —dijo Brian, sintiéndose muy varonil y sensato.
Laura estuvo de acuerdo.
No vieron a Edna a la hora de la cena. Ellos se fueron a la cama. Al parecer, Edna trabajó durante toda la noche, a juzgar por los ruidos que se oían en las escaleras y en el desván. Cerca del amanecer, sonó un terrible estrépito, contra el cual Brian había advertido alguna vez a Laura: el suelo del desván estaba hecho de listones, simplemente clavados a las vigas, realmente. Edna cayó por el agujero del suelo, junto con frascos de mermelada, cajones de embalaje, conservas de frambuesa, mecedoras, un sofá viejo, un baúl y una máquina de coser. Se escuchó un estrépito.
Brian y Laura, que habían estado encogidos en su cama, saltaron de inmediato para rescatar a Edna del derrumbamiento, pero antes de que la tocaran ya sabían que todo había terminado. La pobre Edna estaba muerta. Quizá no había muerto a causa de la caída tan siquiera, pero estaba muerta. Ese fue el ruidoso fin de la silenciosa suegra de Brian.
FIN